Desde la mirada de Rafael Navarro hemos asistido a la evolución no solamente de la fotografía en España en las últimas décadas, sino que hemos sido testigos privilegiados de como el fotógrafo puede construir paisajes sobre un cuerpo, puede trazar diálogos y sintonías entre formas inanimadas, puede jugar con la sombra y con la luz. El trabajo de Rafael Navarro arranca en 1968, una fecha que no tiene nada que ver con el inicio de la actual inclinación fotográfica que invade los talleres y escuelas de arte, desde entonces trabaja de una manera sistemática sobre el cuerpo y sobre las sombras. Buscando esa belleza que no esta solamente en las ideas, sino en el fugaz encuentro de una idea y de una sensación.
Navarro es un artista hasta cierto punto autodidacta, y digo hasta cierto punto porque su aprendizaje se ha desarrollado directamente en la practica. Tanto en la practica del hacer como en la experiencia del mirar, de ver y estudiar la obra de los fotógrafos ya clásicos aunque algunos sigan siendo, además, contemporáneos. Y de esta forma Navarro se esta convirtiendo en uno de nuestros fotógrafos clásicos, además de contemporáneo y de, sobre todo, vivo. La evolución de su obra ha transcurrido por dos canales que aparentemente se bifurcaban, y que de hecho han trazado rutas dispares para encontrarse cíclicamente en puntos concretos del camino: por una parte el estudio del cuerpo de la mujer; por otro el juego de luces y sombras que el blanco y negro de su fotografía obtiene de objetos y situaciones y que conforman una fotografía abstracta, a veces minimalista y a veces geométrica. A veces simples insinuaciones.
En lo que respecta al cuerpo, y de una manera inevitable, Navarro siempre encuentra un plano nuevo cuando ya todos creemos que esto será imposible. Ha hecho del cuerpo –de la mujer, claro– un paisaje, un signo, una mancha de luz, una sombra cálida a veces. Gestos sensuales, curvas sugerentes, se transforman en amaneceres y ocasos, en bosques y lugares sin nombre. En estas imágenes de cuerpos de mujer esta llegando a alcanzar, simultáneamente, una mayor sensualidad (el calor del sexo asoma a una fotografía que siempre había sido más fría) y una mayor abstracción. Algo aparentemente imposible, pero que demuestra una vez más su capacidad de jugar con sombras, de ofrecer miradas nuevas.
La abstracción, el tratamiento de zonas, la repetición y la hibridación de formas vegetales con fragmentos de paisajes, objetos y cuerpos, ha conformado una línea de su trabajo que todavía no esta totalmente mostrada y que alcanzó en Dípticos su momento álgido, pero que en la actualidad siguen desarrollándose, suavizando aristas, aproximándose a las formas de un cuerpo, de un paisaje total y absoluto que Rafael Navarro modela y define como en un juego de sombras.
Rosa Olivares


