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Carlos Cánovas
Vida secreta

25.11.2005

Mi primer trabajo en relación con las plantas (La serie Dolientes Plantas) fue realizada entre 1980 y 1982. Quería ser una reflexión sobre el enfrentamiento entre lo natural y lo urbano (artificial), es decir, como alguien señaló en aquel momento, entre naturaleza y cultura. Sin embargo, más que filosófico, mi acercamiento al tema tuvo bastante de sentimental y romántico. Quise sugerir que a las plantas puede dolerles "humanamente" el destino que les ha asignado la civilización. En un mundo convulso, el "dolor" de las plantas parece una desgracia irrelevante, casi estúpida.

Con argumentos relativamente parecidos realicé, entre 1984 y 1987, la serie Plantas para el olvido. Una vez abierta nunca doy por cerrada una serie. Ahora, en Vida secreta, he reunido un conjunto de materiales que no fueron dados a conocer en su día, por diferentes motivos, o que han sido realizados con posterioridad. Ha de resultar obvio que si las plantas pueden sufrir, pueden también entonces, disfrutar, "ser felices". Pero en la revisión del tema que ahora se propone, la cuestión no es solo la de llegar a ese reconocimiento, sino la constatación de que las plantas tienen una vida propia, desconocida, secreta, vivida junto a nosotros, que impregnamos y que nos impregna, cuyo espacio y tiempo determinamos sin reparar seguramente en que, a través de ese mismo espacio y tiempo, somos irremisiblemente determinados por ellas. Sólo ocasionales "confidencias" representan bellos y efímeros paréntesis en el mutuo aislamiento en que nos mantenemos.

La imagen parasitada

Contempladas desde alguna distancia las fotografías de una exposición parecen simples manchas apagadas, sin color, muertas. Cuando nos aproximamos, sin embargo, comprobamos que duermen un sueño vivo, intenso y sugestivo en su caja de cristal-metacrilato. Aún más cerca se diría que las sombras tienen movimiento. El ojo descubre, en la proximidad, colonias de parásitos –espectros, reflejos, brillos, resplandores, desenfoques- que viven allí, en la impostura, su vida efímera y secreta. Sucumbir al encanto de esos parásitos, que también lo tienen, es convertirse en un parásito más. Pero cabe así la posibilidad de habitar en la imagen querida, penetrar y vivir en su misterio, ser un traidor y, a pesar de todo, desde la infidelidad, amarla para siempre.

El párrafo que precede, escrito en 1999 con motivo de la participación de algunas de estas imágenes "parasitadas" en la exposición colectiva Propuesta 2000 – Fotografía española contemporánea (Instituto Cervantes, Madrid/México/Rabat/Roma) quiso sintetizar, más o menos poéticamente, el trabajo que vengo realizando desde hace casi una década. La fuente de inspiración ya no es la naturaleza –natural o artificial– sino la imagen de otro. A estas alturas, las fotografías de los demás constituyen no sólo un motivo de reflexión o de análisis teórico, sino todo un verdadero campo de experimentación práctica. Este planteamiento –apropiacionista y postmoderno por más que me duela- me permite una cierta reinterpretación, a menudo no exenta de crítica ni de humor, del trabajo de otros fotógrafos por los que siento, a veces sin conocerlos, un verdadero afecto.

Residuos de inocencia

Que las fotografías nos interpelan es algo que pone muy bien de manifiesto el lenguaje publicitario. Pero el requerimiento que nos hace la imagen fotográfica publicitaria está fuertemente condicionado por la naturaleza ambigua y polisémica de la propia fotografía. Ese requerimiento necesita inevitablemente, por tanto, otro tipo de apoyos, generalmente textuales, para que el receptor perciba con claridad el mensaje.

Al eliminar marcas y textos publicitarios de la imagen he llevado a cabo, en consecuencia lo que sería un elemental proceso de deconstrucción. Pero sólo en parte esa es la finalidad de esta serie en fase de realización. Las vallas y cartelones publicitarios necesitan emplazamientos más o menos aislados –en el descampado y contra el cielo, por ejemplo– para ser más eficaces. Cuando reparo en estas imágenes-reclamo, suele ser así, aisladas, como las percibo, a la vez que bellas, fragmentadas, prometedoras. Sin texto, con frecuencia reencuadradas, el ofrecimiento en que vienen envueltas estas imágenes queda parcialmente descolocado, es a un tiempo evidente y dudoso, público y secreto. Se recupera buena parte de la radical ambigüedad de las fotografías. Huérfanas sin tales apoyos, queda el sustrato de su hermosura –cualquier fotografía es bella–, como residuo de una inocencia anterior a su perversión comercial.

Carlos Cánovas